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Los libricos de Juan Oliver Astorga

En ocasiones utilizamos la castiza expresión, “la curiosidad mató al gato”, para referirnos a algo tan cierto como que algunos de estos simpáticos e indiscretos felinos tienen 7 vidas. Esa curiosidad, de hueso y monolito, ha sido el faro que ha guiado mis pasos a través de la procelosa senda de la música clásica. Un sendero sinuoso y abrupto que durante décadas han transitado las burócratas mentes de unos cuantos señores que, por mor de su necedad, nos han mostrado el único camino por el que caminar. Esa insana curiosidad ha conducido mis pasos hacia lugares de este planeta donde nunca pensé que la música –clásica, por aquello de acotar- podría desarrollarse a la maniera europea. He visitado países y culturas que todavía hoy no dejan de sorprenderme, emplazamientos donde, ora los jesuitas del nuevo mundo –Doménico Zipoli-, ora los negros de afilada espada y promiscua melodía -Joseph Bologne, Chevalier de SaintGeorges– dejaron su impronta en la Europa de los grandes compositores del barroco y el clasicismo. Pues bien, esa misma curiosidad que dio con mis huesos en tan lejanas y cristianas tierras es la que me ha llevado a encontrar, con más “pena que gloria”, la obra del compositor español Juan Oliver Astorga, un paisano, yeclano para más señas, que deambulo por el imponente siglo XVIII ataviado con la forma del cuarteto, la canción y la sonata, pequeñas composiciones que vertebraron sus escasa pero interesante producción musical. Un yeclano de pro que paseó con orgullo el nombre de su tierra por algunas de las cortes europeas más importantes del siglo XVIII.

Ahora sé que esta maravillosa tierra, de caldos sublimes y deliciosos libricos[1], es también la patria de uno de los músicos más cosmopolitas que ha parido la madre patria, tan universal que sus melodías fueron escuchadas por los oídos de algunos de los compositores más importantes de la vieja Europa. Londres, Stuttgart, Fráncfort o Madrid, donde fue violinista en el Palacio Real, fueron algunas de las ciudades de peregrinaje donde Juan Oliver Astorga desarrollo su carrera, urbes musicales donde Quantz, Geminiani, Abel o el oboísta catalán Juan Pla, con quien coincidió en la Gran Bretaña, deleitaban a la siempre exigente sociedad de la época. Estamos ante un descubrimiento sin parangón que demuestra, una vez más, que durante el siglo XVIII hubo en España un gran número de músicos e instrumentistas que por varias razones tuvieron que emigrar a otras tierras de dudosa cristiandad para buscar la fama y el reconocimiento que su propio país les negaba. Figuras como Arriaga, Fajer, Viola, Baguer –el sinfonista más prolífico de cuantos nacieron en la península- y ahora, el yeclano Juan Oliver Astorga, refrendan la teoría de que en nuestra tierra, la mía, la música era una de las actividades artísticas más estimulantes de cuantas se realizaban en la tierra de Cervantes.

Ahora, cuando el peregrino decida visitar Yecla, la tierra de Baco y Butes, lo hará buscando, además de los caldos y los libricos, las obras de este ilustre compositor que un día paseo con orgullo y altanero semblante el nombre de Yecla por las cortes más ilustradas del continente. Sus Seis sonatas para violín solo y bajo op. 1, o sus Twelve Italian Songs and Duets for Voice, Guitare and Harpsichord op. 2, dan buena cuenta de la calidad que atesoraba el músico Murciano, obras que, con los caldos nacidos de la monastrell o la cabernet, y los libricos de miel regulan una tierra con denominación de origen.     

 

Antonio Pardo Larrosa

[1] Dulce típico de Yecla formado por varias capas de obleas rectangulares entre las que se disponen finas capas de miel.

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